OPERACIÓN CÓNDOR: “MATEN A CARLOS ALTAMIRANO”

22.03.2018 13:08

Operación Cóndor
¡ Maten a Carlos Altamirano!

 

La Operación Cóndor fue un plan de los altos oficiales de la DINA para exterminar a los que ellos consideraban como enemigos de la civilización occidental. Se intentó coordinar a distintas organizaciones de seguridad de América Latina y grupos de extrema derecha de Europa y Estado Unidos, para comenzar una casería de prominentes exiliados por el mundo. Carlos Altamirano Orrego fue uno de los primeros que se intento asesinar. Incluso persiguiéndolo en calles de países comunistas. Nunca lograron hacerlo. Menos suerte tuvieron el general Carlos Prats, Bernardo Leighton y Orlando Letelier, víctimas todos de la misma mano criminal: Michael Townley y sus asociados.

El Año Nuevo de 1974 perdió algo de su sabor y brillantez para los servicios de seguridad chilenos. En efecto, ese día tendrían una sorpresa desagradable: el máximo jefe del Partido Socialista chileno -Carlos Altamirano Orrego- apareció públicamente en La Habana, Cuba. El dirigente político más buscado de la Unidad Popular, el enemigo más odiado por los militares del 11 de septiembre de 1973, había conseguido romper el cerco que en más de una oportunidad estuvo a punto de rendir sus frutos. La muerte de al menos dos personas de las que se prestaron para asegurar la vida de Carlos Altamirano durante esos días es la prueba de la proximidad en que el comando lanzado tras él estuvo de lograr su objetivo: "Carlos no caía preso, simplemente lo mataban". Era la orden que, se sabe, tenían los integrantes de ese comando.

La última vez, llegaron a establecer un cerco casi perfecto en torno al lugar donde Altamirano se encontraba. Nadie conoce con certeza el modo en que escapó, Hay versiones; que si salió por la aduana del aeropuerto de Pudahuel disfrazado; que si salió por un paso cordillerano hacia Argentina, donde lo esperaba un avión para llevarlo a un punto donde la mano de los organismos de inteligencia militar chilenos no lo alcanzara; que si un avión lo traslado a Lima; que si un submarino cubano lo rescató en algún sitio de la extensa costa del país. Versiones ciertas? Quimeras? Quizás. Solo es indesmentible que Altamirano escapó también a esa última vez gracias a un personaje -hoy en el exilio- al que se le cuelga un título que bien podría ser creación de Graham Greene, Agatha Christie o George Simenon: ?%9DEl hombre de las colleras?%9D. El, y quizás su audacia, logró lo que en un minuto preciso debió parecer imposible: burlar al comando cuando sus integrantes tenían prácticamente todas las cartas en la mano. Lo demás, tal vez, lo hizo el azar y la colaboración de algunos "países Amigos" del PS chileno y del derrocado gobierno constitucional de Salvador Allende.

Sea como sea, esas fabulaciones en torno al dirigente socialista "terminaron por investirlo de halo casi místico" no demuestran sino la propia obsesión que causaba dentro de las más altas esferas del gobierno militar de facto, Solo así se explica la frustración de sus perseguidores cuando constataron que se les había ido de las manos al confirmar su presencia pública en La Habana, sobre todo en momentos en que las autoridades militares chilenas continuaban sosteniendo que el jefe socialista no había podido abandonar el país. La DINA se encargaría de perseguirlo.

 

Por las calles de Berlín Oriental

1975. Una fecha imprecisa de principios de año. La Dirección de Inteligencia Nacional -DINA- se había constituido una docena de meses antes, en enero del 74, asesorada en esa etapa organizativa por la Central de Inteligencia Americana -CIA- que para esos efectos desarrollaba lazos especiales con servicios de seguridad extranjeros. El general Vernon Walters, para entonces Director Adjunto del organismo estadounidense, tenía a su cargo la coordinación y la conducción de las relaciones exteriores de la CIA.

Carlos Altamirano se hallaba viviendo en Berlín Oriental. El gobierno de la República Democrática Alemana le había concedido autorización para fijar su residencia allí y había puesto a disposición del Secretario General del PS chileno una infraestructura de seguridad altamente sofisticada, que el PS -as u vez- puso a cargo de un ex integrante del GAP de Salvador Allende. La casa, convertida de hecho en sede de la dirección socialista en el exilio, contaba con un circuito cerrado de televisión que cubría todas las calles adyacentes y un mecanismo por el cual todas las puertas se cerraban automática y herméticamente al producirse cualquier ruido violento, como un disparo o algo similar. De ese modo, cualquier atacante que hubiese tratado de atentar contra Carlos Altamirano dentro de la residencia, habría sido "cazado" en una auténtica ratonera.

Las normas de seguridad eran estrictas: junto al dirigente socialista iba un guardaespaldas que no le dejaba solo jamás y la casa esa periódicamente visitada por funcionarios de seguridad germano-orientales, sobre todo en momentos en que se detectaba el paso de sospechosos por la frontera berlinesa. Nadie, ningún viajero chileno -ni siquiera una ex persona del gobierno de Allende, como su ex Ministro de Defensa, Orlando Letelier podría entrar a Berlín sin ser objeto de un registro minucioso. A aquellos simplemente desconocidos, los desnudaban. Aún así, sin embargo, en más de una ocasión el automóvil de Altamirano fue perseguido por otro vehiculo en las calles de la capital de la RDA. Nunca se supo quien fue.

 

Bajo la mirada de un bazooka

A comienzos de 1975, Carlos Altamirano debió desplazarse hasta París. El viaje de Berlín Oriental hasta la capital francesa era imposible de hacer por la vía directa y viajó entonces a Praga para abordar allí el avión Aír France que lo trasladaría a su destino. En Praga la espera fue larga y tediosa. Circunscrito a las instalaciones del aeropuerto, Altamirano lo recorrió de un lado a otro en caminata parsimoniosa y paciente. Recien a las ocho o nueve de la noche el aparato ?%9Dair France?%9D estaba listo para despegar. Lo abordó, el vuelo fue corto, sin contratiempos. Pero al aterrizar en Orly, una voz nombró a Carlos Altamirano por los parlantes para que permaneciera en su asiento por algunos minutos mas. El dirigente socialista no dominaba el francés, pero comprendió el mensaje. El avión se desocupo. Sólo entonces subieron a bordo dos individuos que se identificaron como funcionarios de la Surete francesa, enviados por el Prefecto de Paris. No hubo muchas explicaciones más. Altamirano se resignó. Bajó del aparato y, con sus dos acompañantes, subió a una limusina negra de la policía. El vehiculo enfiló la carretera hacia Paris, pero se desvió y tomó un recorrido distinto. El trayecto culminó en la casa de su hijastro, Julio Donoso, donde estaba previsto que alojara. Una vez ahí, sonó el teléfono. La llamada era del Prefecto de París. Le hacia una petición, una sugerencia: que no se moviera de ese sitio. Sus hombres permanecieron en la casa: uno junto a la puerta de entrada y el otro dentro de su dormitorio. Altamirano entendía poco y se negó a aceptar una protección de esa naturaleza, que le impedía tener una libertad de movimiento para las actividades que había ido a realizar. No supo hasta poco tiempo más tarde que, en la autopista de Orly a Paris, lo esperaba un grupo de la DINA para disparar con lanzagranadas contra el vehiculo en que debió haber ido, de no mediar la protección de la Seguridad francesa. El propio Prefecto de Paris se lo comunico así. El comando detectado cometió luego el error de raptar a un exiliado chileno en Francia y los hombres fueron obligados a salir de territorio Frances.

 

De camping en México

Ese mismo año de 1975 volverían a intentarlo en otras oportunidades. La primera, algunas semanas después de aquel contacto fallido a la salida de Orly: durante la tercera sesión de la Comisión Internacional de Investigaciones sobre los crímenes de la Junta Militar en Chile, a celebrarse la segunda quincena de febrero en Ciudad de México.

A la conferencia de México estaban invitados los máximos dirigentes de la Unidad Popular en el exilio: Carlos Altamirano; el ex ministro de Relaciones Exteriores y ex Vicepresidente de la Republica, Clodomiro Almeyda; Volodia Teitelboim, del Partido Comunista; el ex embajador en Washington y ex ministro de Defensa, Orlando Letelier, liberado apenas seis meses antes de los campos de concentración en Chile, y la viuda de Salvador Allende, Hortensia Bussi. Muchos de los dirigentes de la UP que asistían al encuentro, incluidos los nombrados, estaban en la lista de nombres que constituían objetivos para la DINA, de ahí que la celebración de la conferencia era un momento inmejorable no sólo para atentar contra Carlos Altamirano, sino para quitar de en medio a varios de ellos de una vez y atemorizar al resto con un mensaje tan obvio como decirles: "!Cuídense, porque no están seguros ni siquiera en el más seguro de los países extranjeros!".

La misión era compleja y de una envergadura tal, que la hacia difícil realizar. La DINA decidió, entonces, enviar a uno de los agentes que había demostrado más empuje y sangre fría, aunque su expediente figuran algunas acciones un tanto burdas. Tenía además, la ventaja de ser norteamericano, lo que siempre era mejor que ser chileno para recavar ciertos favores de quienes tenían recursos y organización para prestarlos en cualquier lugar del mundo. Su nombre; Michael Townley.

El 6 de febrero. Townley llegó a Miami. Lo acompañaba una mujer de estatura más bien pequeña y de una belleza que no alcanzaba a ocultar el hecho de su madurez: se trataba de Inés "Mariana" Callejas, con quien se había casado en tiempos de la Unidad Popular, a pesar de las diferencias políticas que los distanciaban, Inés Callejas, al fin de cuantas, había sido simpatizante del gobierno de Allende y eso se hizo insoportable para la pareja durante la primera época de su relación. Si, en cambio, Inés Callejas había viajado con él hasta Miami ese mes de febrero era porque se había decepcionado: para ella, los dirigentes de la UP que iban a reunirse en México constituían, "liberales Ricos". Responsables de todos los problemas de Chile, que habían abandonado al pueblo a su propia suerte y a sufrir las consecuencias. Estaba convencida de que por eso merecían lo que iba a ocurrirles en México. En la billetera, Michael e Inés Townley llevaban 25.000 dólares cuando descendieron del avión en Miami. Era dinero entregado por la DINA para gastos de operación. Los pasos a seguir eran simples: tomar contacto con el Movimiento Nacionalista Cubano, lo que les facilitaría las cosas para moverse dentro de Estados Unidos y para adquirir los elementos necesarios con que ejecutar el atentado, y luego viajar a Ciudad de México. El MNC no era, quizás, el grupo más importante del exilio cubano radicado en Miami, pero si uno de los más decididos, con algunos atentados exitosos en su haber. El contacto para llegar al MNC lo había facilitado uno de los jefes de la DINA, y después de algunas entrevistas preliminares, Michael e Inés Townley llegaron al corazón del movimiento: Felipe Rivero, un vendedor de automóviles que utilizaba el negocio para ganarse la vida y como pantalla de su actividad terrorista clandestina. Se presentaron con sus "chapas"; Andrés Wilson y Ana Pizarro respectivamente.

A partir de allí, el camino no por simple estaba exento de riesgos. El más importante, disipar la desconfianza de los militantes del MNC respecto de la autentica filiación de Townley: ¿la DINA o la CIA? Su origen estadounidense era, más que sospechoso, desconcertante si, en efecto, sólo se trababa de un agente de la policía política chilena. Finalmente Rivero los contactó con los hombres del MNC que los iban a ayudar: Guillermo Novo y José Dionisio Suárez, residentes de Nueva Jersey. Ambos tenían enormes simpatías por el general Pinochet y Chile. De hecho, ambos habían estado en Santiago como portadores de un saludo a las autoridades militares chilenas y un mensaje implícito que podía resumirse en una idea: estamos a vuestra disposición.

Antes de partir en avión a Nueva Jersey. Townley tomó la precaución de concertar una cita con Novo para esa misma moche en un restaurante. Michael Townley e Inés Callejas pasaron algunos apuros con los cubanos, pero todo se selló con un apretón de manos. Conquistada la confianza de Novo y Suárez, los preparativos del plan se pusieron en marcha: los cubanos pondrían a disposición de la pareja de agentes chilenos a uno de sus correligionarios, con quien debían tomar contacto en Miami, Su nombre , Virgilio Paz. Al mismo tiempo, pusieron en manos de Townley un paquete especial: TNT, mecha y otros elementos. Pocos días después, ya de vuelta a Miami, los Townley se conectaron con Paz: un hombre joven, de no mas de veinte años y apuesto. La misión estaba lista para iniciarse; serían nueve meses de un periplo que los llevaría primero a México y luego a algunas capitales europeas para dejar tras de si un reguero de muerte y temor entre los exiliados chilenos.

Los días pasaban. Townley tenía problemas con la documentación. Su pasaporte extendido a nombre de un tal Kenneth William Envart hubiera sido una pista demasiado fácil de seguir para reconstruir sus movimientos por parte del FBI o de la CIA misma, de modo que deseaba documentos nuevos. Los cubanos actuaban, pero esas cosas eran lentas y caras. Finalmente, Novo los consiguió: Townley pasó a llamarse Andrew Brooks; Inés Callejas recibió la designación de Ama Brooks, y Virgilio Paz, la de Javier Romero, quien debía pasar por pariente de Inés Callejas; "el primo Javier". El tiempo se agotaba y decidieron concluir los preparativos de los explosivos en el camino a Ciudad de México, que hicieron conduciendo una camioneta Dodge a la que acoplaron una casa rodante de marca "American Traveler".

En México, el trío sufrió una decepción: la Conferencia había concluido días antes y ninguno de los lideres que intentaban asesinar estaba en la capital mexicana. Hicieron entonces algunas tareas menores: vigilaron la Casa de Chile, se reunieron con chilenos pro-juntistas para organizarlos y encomendarles tareas de información. Cosas menores comparadas con lo que Townley llamaba "Operación Sesión Abierta". Después el trío volvió a Miami. De allí Inés Callejas regresó a Santiago, mientras Townley viajaba a Madrid junto a Virgilio Paz, obedeciendo nuevas ordenes de seguir hasta Europa a los dirigentes que se les habían escapado en México. Años mas tarde, durante el juicio seguido a Michael Townley y los cubanos del MNC en Washington por el asesinato de Orlando Letelier, el ex agente de la DINA sostuvo el siguiente diálogo con el abogado de Guillermo Novo, Paul Goldberger, en relación a Inés Mariana Callejas:

Cuando su esposa participó en el viaje a México usted dijo que su esposa era agente. ¿Sabía ella cuáles eran las circunstancias? Ella sabía a qué iba. ¿no es cierto?

Ella sabía que íbamos a interrumpir una reunión. Eso es correcto Señor.

¿Ella formaba parte del plan?

Ella no estaba involucrada en la planificación misma

¿No fue ella utilizaba como cobertura por decirlo axial, en viajecito en casa rodante?

Eso formaba parte de la cobertura. Si, señor

Y ella sabía las circunstancias del pla... ¿Y ella sabia los nombres de las personas?? el nombre de Altamirano?? el nombre de Teitelboim?

La mayoría de los ciudadanos chilenos conocía esos nombres muy bien, señor

¿Planearon en Estados Unidos ir a matar a alguien a México?

Si, señor

Su esposa formaba parte del plan, ¿es correcto?

Ella iba a ser usada en él, eso es correcto, señor

Los contactos establecidos por Townley y Paz en Europa con las "tramas negras" italianas, la mafia corsa, los extremistas de ultraderecha de la OAS francesa (gestados a partir de la vergüenza argelina, en tiempos de De Gaulle) y los fascistas españoles (España aún soportaba a Franco) dieron luego sus frutos, aunque ricos y contraproducentes: el intento de asesinato de Bernardo Leighton y Ana Fresno su esposa. Una misión Imposible

De vuelta en Santiago, el 17 de mayo, Townley fue instruido en los detalles de un nuevo intento por el jefe de las operaciones exteriores de la DINA.

La tarea no era fácil, porque los sucesivos fallos en conseguir el objetivo de eliminar a Altamirano ya habían producido algunas bajas del servicio en las filas de la DINA. Concretamente, el antecesor de Townley para esa misión en Europa había estado esperando al líder socialista, armado con una pistola, dentro de su automóvil, estacionado en las afueras del hotel donde Altamirano estaba hospedado. Incluso vio al Secretario General del PS cuando ingresó al edificio, solo, pero una serie de circunstancias le impidieron hacer fuego?%AAAS aunque no el que lo dieran de baja. En cierta ocasión, Altamirano caminaba por Saint-Germain junto a otros ocho o nueve dirigentes socialistas, entre ellos Renato Julio. De pronto alguien se abalanzó contra el grupo, hubo una confusión, forcejeos. Los guardaespaldas de Altamirano detuvieron un auto y lo introdujeron rápidamente en él, alejándose del lugar. El individuo también logró escapar por una boca del metro donde fue imposible seguirlo. Había conseguido arrebatarle a Renato Julio una carpeta con documentos relativos a una reciente reunión del la Unidad Popular, sin gran relevancia política. Eso había sido todo.

El día 14 de junio, Michael Townley volvió a partir hacia Estados Unidos para recoger a Virgilio Paz, en el camino a su nuevo intento. Volaron juntos a Frankfurt, pero la misión se vio interrumpida menos de quince días después por una llamada urgente desde Santiago para que regresara a Chile: había surgido una misión, de carácter político, prioritaria. Se trababa de obtener testimonios gráficos de las cárceles norirlandesas donde estaban recluidos los prisioneros del IRA, para ser usados como pruebas descalificatorias del gobierno británico antes las Naciones Unidas por el asunto de la violación de Derechos Humanos. Las fotos fueron tomadas, pero por Virgilio Paz, a quien se hizo el encargo, ya que había permanecido en Europa.

Solo el 19 de julio, Townley regresó a Europa, vía Río de Janeiro, para retomar la misión de asesinar a Carlos Altamirano. Se detuvo en Frankfurt para hacer contacto con Wolf von Arnswaldt, uno de encargados de la oficina de LAN-Chile allí, donde le entregaron algunas piezas para montar un artefacto explosivo destinado al líder socialista chileno. Altamirano estaba en la RDA, pero hacia frecuentes viajes a diversas ciudades europeas, entre ellas la misma Frankfurt. Townley y Paz trataron de interceptarlo en estos desplazamientos varias veces pero jamás pudieron prever por adelantado los movimientos del dirigente socialista, porque Altamirano tenia una forma de viajar errática, casi caprichosa, y lo hacia siempre acompañado por dos o tres guardaespaldas.

En esta tarea de adelantarse a los pasos de Altamirano para cazarlo en su automóvil o en la casa donde se estuviera alojando, ambos individuos permanecieron durante dos días en un hotel del Stuttgart a donde se suponía que Carlos Altamirano iba a ir, pero jamás llegó.

A finales de agosto de 1975, mientras tanto, el jefe máximo de la DINA, general Manuel Contreras, inició una gira que habría de llevarlo a Estados Unidos y algunos países latinoamericanos Venezuela y Argentina, entre ellos para establecer los lazos de una vasta red de servicios de inteligencia para actuar contra la subversión marxista. En Washington, llegó incluso a entrevistarse con el general Vernon Walters. De acuerdo a la versión del director delegado del DISIP venezolano, Rafael Rivas Vásquez, con quien Contreras también se entrevistó, el jefe de la DINA le dijo que estaban realizando algunos viajes de buena voluntad para obtener el apoyo de los distintos servicios de inteligencia latinoamericanos. Como esto funciona sobre la base de acuerdos verbales, había estado viajando mucho. (Contreras dijo) que estaba implementando un enorme esquema de servicio gigantesco y poderoso, que podría tener información de todo el mundo. Era el plan de la "Operación Cóndor".

Ese mismo mes de agosto del 75, Townley recibió en Europa nuevas ordenes: abandonar momentáneamente la persecución de Carlos Altamirano y dedicarse a seguir a otro dirigente de la Unidad Popular, quien estaba desempeñando un rol importante en la obtención de apoyos contra el régimen del general Pinochet. Para esta nueva misión, Townley pidió la colaboración de su esposa, Inés Mariana Callejas, para utilizarla como gancho de infiltración de los círculos de exiliados. Ana Pizarro Inés Mariana Callejas voló, entonces, a Europa, previo paso por Estados Unidos para encontrarse con los cubanos del MNC.

La "presa" Altamirano resultaría más difícil de eliminar que lo previsto, Los servicios de seguridad que tenia a su alrededor eran más idóneos de lo imaginable. Tanto, que en 1974 llegaron a conocer algunos de los planes de la DINA antes de que se llevarán a cabo. Así ocurrió, por ejemplo, con el atentado al general Carlos Prats, en Buenos Aires. El aparato de seguridad de Altamirano supo del plan dos días antes de que la bomba lo matara junto a su esposa. Hicieron un intento por salvarlo, enviando desde Berlín Oriental a un emisario que conocía al general, porque había coincidido con él en diversos lugares, actos y reuniones. Pero el atentado ocurrió cuando este emisario iba en vuelo hacia la capital argentina, de modo que cuando aterrizó las fotos del crimen llenaban ya las primeras páginas de los todos los diarios bonaerenses. Regresó a Berlín Oriental, por tanto, en el siguiente avión que salía de Ezeiza con destino a Europa.

Las dificultades para matar a Carlos Altamirano, en todo caso, fueron fatales para Bernardo Leigthon. Los contactos italianos habían sugerido reemplazar a Altamirano por el dirigente democratacristiano, a la fecha exiliado en Roma y una de las piezas importantes en la iniciativa de acercar a la Unidad Popular y la DC chilena a través de un diálogo político. Atentar contra Leigthon, en opinión de los extremistas italianos "era como matar a un conejo".

 

A boca de jarro

La vida de Carlos Altamirano estuvo en permanente peligro durante el resto de 1975 y en 1976, año que se produjo una de las últimas acciones serias en su contra, Leigthon había quedado, gravísimamente herido, al margen de la política, al menos por mucho tiempo, y acababa de producirse el atentado que costó la vida, en Washington, a Orlando Letelier y Ronnie Moffitt. El repudio internacional por esos crímenes aconsejaba alargar las actividades de la DINA fuera de las fronteras chilenas. Sin embargo, la obsesión por liquidar a Altamirano seguía viva, sobre todo en momentos en que según el análisis de los aparatos de seguridad chilenos la influencia del socialismo estaba tomando nuevos bríos en Europa, tras el desastre en que concluyó la dictadura de los coroneles griegos, el éxito de la revolución portuguesa de Mario Soares convocaban en octubre de 1976 a una magna conferencia europea en Lisboa, y existían informaciones en el sentido de que se estaba preparando la fundación de un periódico chileno socialista en Paris.

Sus jefes habían dado seguridades a Michael Townley de que no saldría de Chile hasta que no pasara el revuelo originado con el asesinato de Orlando Letelier. No obstante estaban convencidos de que debían hacer algo por impedir la influencia socialista en Europa, que sería tan perjudicial para el régimen del general Pinochet. Con ese motivo, se volvieron a enviar a Townley y a su esposa a quien otorgaron un pasaporte extendido a nombre de Carmen Luisa Correa Letelier a Europa, para atentar contra dos periodistas chilenos. Llegaron a Francia en noviembre de 1976 con esa misión especifica, pero se encontraron con que la Seguridad francesa conocía sus planes y había advertido a la Embajada chilena de que no tolerarían actos terroristas de ninguna especie. La misión, por tanto, se frustró en sus inicios.

Sin embargo, Townley y Callejas no regresaron a Santiago. En Paris recibieron órdenes distintas: iba a celebrarse en Madrid el Primer Congreso Legal del Partido Socialista Obrero Español (PSOE) tras cuarenta años de dictadura franquista. La ocasión era atractiva: Carlos Altamirano estaba invitado a presenciar el hecho. La pareja de agentes chilenos se trasladó, entonces, a la capital española. Townley e Inés Callejas estuvieron cuatro días de diciembre paseándose por los mismos pasillos del hotel donde se alojaban la mayor parte de los dirigentes socialistas españoles y mundiales. También Altamirano. Pero éste estaba permanentemente custodiado no sólo por sus propios guardaespaldas, sino porque se daba la circunstancia de que al Congreso Socialista había acudido el británico Michael Foot, el austriaco Bruno Kreisky, el portugués Mario Soares, el Frances Francois Mitterrand, el germano occidental Willy Brandt, el sueco Olof Palme. Y cada uno con sus propios agentes de seguridad, además de los servicios prestados por los organismos policiales españoles.

El lugar donde se celebraba el Congreso Socialista, el hotel, los pasillos, Madrid entero era un nido de "enemigos" para Townley y Callejas, del que habría resultado prácticamente imposible escapar.

Aun axial, Townley obtuvo el número de la habitación donde dormía Carlos Altamirano. Pero sus contactos en la policía española todavía atestada de viejos funcionarios franquistas le informaron a tiempo de que el número que había obtenido era falso. Townley insistió en su empeño. En el restaurante, él y su esposa llegaron a sentarse a la mesa contigua a aquella en se hallaba Carlos Altamirano. Hablaron conscientemente en inglés y en voz alta para que su víctima se sintiera seguro y dejara trascender a sus acompañantes algún dato sobre sus próximos desplazamientos.

Carlos Altamirano, sin embargo, no dijo nada relevante. Eso los determinó a comunicarse con Santiago, para informar de las dificultades de la misión. Hablaron con alto oficial de la DINA, pero obtuvieron una respuesta perentoria:  !No me importa! !Mátalo! !Mátalo!. Antes de colgar, Townley sólo atino a responder; "Si, si mi coronel".

En la última jornada del Congreso del PSOE, los Townley decidieron seguir a Altamirano al aeropuerto de Barajas, en Madrid, para saber su próximo destino. Habían alertado a los distintos agentes de la DINA en Europa y, de obtener el dato con antelación, hubiera podido hacer un nuevo intento de asesinarlo. Así, ingresaron tras el dirigente socialista chileno hasta el área donde se abordaba el vuelo a Paris. Townley corrió a una cabina telefónica para comunicarse con la capital francesa. Cuando salió de ella tropezó con un hombre que lo hizo trastabillar: su sorpresa fue paralizante cuando se percató de que había dado un encontronazo con su propia victima -Carlos Altamirano Orrego-. Después lo vio abordar el aparato con destino a Paris.

Su suerte estaba en manos de los agentes de la DINA, alertados allá para no perder al Secretario General del Partido Socialista una vez que descendiera del avión en Orly. Ellos Townley y Callejas abordaron el vuelo siguiente al de Altamirano. No obstante, en Paris se toparían con una nueva frustración: sus contactos perdieron la pista del "blanco" en la densidad del trafico parisino. Todo volvía a cero.

En Europa, el invierno arreciaba. Los Townley resolvieron regresar a la calidez del verano chileno. Carlos Altamirano seguirá exiliado, pero vivo. Después de la disolución de la DINA en 1977, no se ha sabido de nuevos intentos de atentar en su contra.

* Revista APSI 1984