Jorge Aravena Mardones combatiente en Población La Victoria

10.06.2017 13:46

La historia de esos jóvenes se remontaba a muchos años atrás, cuando dos de ellos, Juan Carlos Merino Figueroa y Juan Domingo Arias Quezada, habían coincidido con Jorge Aravena Mardones y con otros jóvenes vecinos de Población San Joaquín, estableciendo una férrea y temprana amistad al calor de la vida cotidiana en ese tradicional sector de la comuna de San Miguel, contiguo a la Población La Victoria. Los juegos infantiles al principio, los partidos de fútbol, las fiestas y los primeros escarceos con el amor después, los unirían en una complicidad que, ya adolescentes, los llevaría a integrarse a una común militancia en la Juventud Socialista.

Tras el fallido intento golpista del 29 de junio de 1973, continuaron acercándose simpatizantes a las filas de la JS. Ello abrió toda una discusión respecto a la forma de responder adecuadamente a este entusiasmo. Juan Domingo Arias, en un artículo publicado en el periódico “Avanzar”, daba una noción de ese desafío:

La llegada de nuevos militantes trae consigo nuevas preocupaciones a la organización. Lo ideal es una constante conversación personal, en ningún momento abandonarlos ni dejarlos solos. Dejar que cumplan las tareas solas es quebrar al militante, es no ayudarlo a que se ubique en la línea de la revolución. Ayudar a entender lo complejo que es la revolución y qué significa ingresar a una colectividad revolucionaria.

El 11 de septiembre constituyó la más dura prueba de lealtad y compromiso a la que se enfrentó aquel puñado de jóvenes militantes. Al escuchar las primeras informaciones sobre el golpe, todos los núcleos llevaron a cabo lo que habían acordado: reunirse en la escuela básica del sector para preparar la resistencia. Cada uno asumió tareas específicas, mientras algunos trasladaban las granadas caseras y las bombas molotov que se alcanzaron a preparar, Juan Carlos Merino observaba desde la torre de agua de la escuela las maniobras de los aviones de la FACH sobre el Palacio de La Moneda.

Ángel Arias rememora que a las 15:00 horas el grupo sólo tenía informaciones imprecisas: “Se decía que los alumnos de la Facultad de Ingeniería vendrían a apoyar nuestro precario foco de resistencia; que desde el Cordón Cerrillos –muy próximo a la Población- también avanzaban grupos de trabajadores allendistas; que había que ir a la Población La Legua a apoyar a la gente que allí combatía”. Jorge Aravena, que con sus 23 años era el líder natural e indiscutido del grupo, decidió que lo más responsable era quedarse a defender la población.

Ese día, Aravena llegó temprano a la población. Desde su trabajo, en la Policía de Investigaciones, había logrado sacar una subametralladora y tres cargadores. En la población se hizo cargo de la organización de cerca de 80 combatientes, en su mayoría jóvenes y adolescentes, con escasos medios de combate. Al llegar se enfrentó con una patrulla policial que arrinconaba a un importante número de jóvenes pobladores y militantes socialistas, logrando evitar su detención. Luego de la escaramuza con carabineros, las horas transcurrieron en un ambiente tenso de intranquilidad y espera. Ángel comenta que Jorge y todos los otros tenían la convicción de que el enfrentamiento llegaría de un momento a otro.

Cerca de las 16:00 horas, un jeep del Ejército, premunido con una ametralladora Punto 30, entró velozmente a través de la calle Marinero Caro, esquivando las trincheras cavadas por los jóvenes. Jorge logró herir al soldado que iba a cargo de la poderosa arma, mientras decenas de pobladores apedreaban el vehículo militar. Durante el resto de la tarde, obedeciendo las instrucciones impartidas por Jorge, los militantes del núcleo José Martí lograron mantener a raya a los militares golpistas.

Cerca de las 20:00 horas, un grupo de soldados fue acorralado por los jóvenes combatientes, siendo conminados a entregar sus armas. Los militares lograron huir, y a eso de las 21:30, un camión de la FACH llegó con todo un contingente de efectivos. A partir de ese instante se produjo el combate: los jóvenes lanzaron una granada a un jeep militar, los golpistas incrementaron el fuego en las calles de la población. Pronto el combate se tornó dramáticamente desigual. Entre los militantes de la JS cundió la dispersión, unos se parapetaron en los jardines o detrás de los bancos de cemento de las plazas. El ruido sordo de las armas hacía difícil cualquier intento de comunicación.

En medio del desbande y fuego cruzado entre los militares y los defensores del Gobierno Popular, un piquete de soldados cercó a un grupo de combatientes, en la contigua Población La Victoria. Jorge corrió hacia ese sector y abrió fuego contra los militares, permitiendo la rápida evacuación de los jóvenes allendistas en apuros. En un momento, quedó sólo frente a cinco soldados de la FACH, siendo herido en un pie y desplomándose al suelo. Sin rendirse se enfrentó a ellos, hasta que resultó acribillado a quemarropa por los militares, recibiendo tres balas, en el pecho, una en el cuello y otra en la pierna. Sus compañeros lograron rescatar el cuerpo, y durante toda la noche del 11 al 12 de septiembre le protegieron del asedio militar.

Durante el transcurso del día 12, Jorge recibió el homenaje de los pobladores del sector, para ser llevado unos días más tarde al Cementerio General, en medio del recogimiento y el dolor de sus amigos y compañeros.

Cuando cayó en combate en las calles de su población, Jorge tenía 23 años.

En los días posteriores, Juan Domingo Arias, Alfredo y Juan Carlos Merino comenzaron a ser requeridos insistentemente en sus domicilios por efectivos del Regimiento Tacna. La Inteligencia del Ejército había detectado su participación en los acontecimientos del día 11 y su rol como dirigentes de la JS del sector.

La inminente represión a que se exponían llevó a que su organización los incluyera en un plan de salida del país, coordinado por Ariel Mancilla. La idea era evacuar a una treintena de militantes de la JS, dirigentes intermedios que estuvieran en riesgo o vinieran saliendo de las cárceles y de la represión. Mario Aravena, el popular Juan Samuel, era uno de los “medios pollos” –como cariñosamente los denominó Ariel– que debían salir del país. Luego de su paso por el Estadio Nacional, recinto en que estuvo detenido por más de dos meses, fue recontactado por la JS. En un punto realizado en el paradero 21 de la Gran Avenida, Ariel le informó que formaría parte de “un contingente de jóvenes que se instruirá en el exterior y que luego se reincorporará a la lucha antidictatorial”. Aunque Ariel no llegó a decirlo, Juan Samuel sintió que la idea de sacar de Chile a esos “medios pollos” era formarlos para reemplazar a la dirección partidaria de la época, que “tarde o temprano sería capturada por la represión”, reflexiona.

En el caso específico de los jóvenes de la Población San Joaquín, el plan estaba bajo la responsabilidad de Mario Zamorano. El operativo contaría con la activa colaboración de un joven ciudadano vietnamita, Que Phung Tran, un doctor en Bioquímica y experto en Medicina Nuclear, que durante los días más álgidos de la Guerra de Vietnam había desplegado en Europa una activa campaña contra la invasión norteamericana a su país. Entusiasmado con el triunfo de Allende, llegó a trabajar a Chile, primero en el Hospital José Joaquín Aguirre y luego en el INDAP. Ahora, amparándose en un pasaporte especial de Naciones Unidas, prestaba un invaluable apoyo a los socialistas perseguidos por los militares, estableciendo contactos con embajadas y colaborando en sus asilos.

La organización también incorporó a Juan Jonás Díaz López, un estudiante de la JS, de 24 años, que era intensamente requerido en Osorno, su ciudad natal, por una supuesta infracción a la Ley de Control de Armas, y al propio Mario Zamorano, que en su condición de miembro del Comité Central debía ir a cargo del grupo.

La idea de los dirigencia socialistas era garantizar la vida de un puñado de sus dirigentes de nivel intermedio y militantes, los cuales deberían prepararse en el exterior, en la Unión Soviética y la República Democrática Alemana, para luego retornar al país a incorporarse a la lucha antidictatorial, reemplazando a los cuadros de dirección que con toda probabilidad serían capturados.

Mario había conocido a Que Phung Tran Huynh en julio de 1973 a través de su amigo Luego del golpe, se habían dedicado a ayudar a los que requerían asilarse. Posponiendo su propia seguridad, Mario rechazó una posibilidad concreta para refugiarse en Argentina. Su hermana Inés recuerda que, a fines de septiembre de 1973, a su casa en el sector de Buzeta llegó un automóvil con un funcionario cercano al ex Presidente peronista Héctor J. Cámpora, que venía con la expresa misión de facilitar su asilo en la legación trasandina.

En carta escrita desde la clandestinidad –fechada el 10 de noviembre de 1973– Mario agradece a su madre  por “todo lo que como hombre soy y seré”, al tiempo que grafica en plenitud la importancia de su familia y su alto sentido del deber y de la responsabilidad:

Entro a una semana que es definitoria respecto a qué haré, si viajo o no. Me inclino a que se impondrá la primera, y en esa posibilidad es que estoy escribiéndole. Quiero ante todo manifestarle que es un paso difícil de dar: pensar que dejo acá lo único que tengo y quiero, usted, tías, hermanos, sobrinos, sobrinas y cuñados. Difícil porque uno no sabe cuanto durará la situación, cuando terminará la pesadilla. Mamá, no sé que actividades tendré, en todo caso, debo cumplir con mi deber. Será duro y ya lo es al dejarles, más será un incentivo que me obligará a superarme para así poder volver lo antes posible.

La fallida operación de ingreso a la embajada, sin embargo, abortó el objetivo de los socialistas. La dictadura militar cobró cinco nuevas y jóvenes víctimas.

Juan Carlos Merino tenía apenas 19 años y al momento del golpe de Estado se preparaba a ingresar a la Universidad de Concepción, para estudiar la carrera de Historia. Juan Domingo Arias cursaba tercer año medio en el Liceo Amunátegui de Santiago y tenía escasos 17 años. Por su lado, Mario Zamorano tenía 33 años.

Los cabros de la JS cumplieron

El 11 de septiembre empezó normalmente, a las seis de la mañana, la hora en que mi padre se iba a trabajar, mis hermanos y hermanas al liceo o a la universidad. En esos momentos entró alguien a la casa, era un amigo nuestro, nos dijo que había golpe de Estado y que encendiéramos la radio. Mis hermanos se levantaron al tiro y se fueron a la escuela del barrio, donde se reuniría la gente de la Juventud Socialista. Con mi mamá estábamos preocupadas por mis hermanas y el papá, pero al rato aparecieron, porque no había micros y el ambiente estaba ya muy tenso.

La JS se reunió en la escuela, para ver de qué manera se podría resistir. Al rato llegaron los pacos y los disolvieron, les dijeron que se fueran a sus casas, era un oficial que los conocía de chicos. Nuestra gente se reunió entonces en una casa, pero ahí llegaron los milicos y tuvieron que salir corriendo por los techos de los vecinos.

En la casa ya sabíamos por la radio que Allende estaba muerto, y que los milicos estaban prohibiendo a través de un bando que la gente saliera de sus hogares. Carlos y Alfredo, mis hermanos, aún no llegaban a la casa, andaban en los enfrentamientos que había en la población. Se sentían balazos y los helicópteros pasaban muy bajo, rozando casi los techos, tiraban bengalas y disparaban a todo lo que se moviera. En la casa teníamos las puertas abiertas, por si llegaban mis hermanos o algún vecino o compañero necesitaba esconderse. Con mi hermana quebramos los focos de los postes, era la única manera de moverse con mayor seguridad en ese momento.

Esa noche nadie durmió: el ruido era insoportable, los disparos, los gritos, eso duró toda la noche. Por la mañana, llegaron mis hermanos y contaron que un amigo del barrio estaba muerto. Era Jorge Aravena, un amigo y vecino de toda la vida. Varios milicos le dispararon, cuando defendía a un puñado de cabros que estaban atrapados. Sus amigos tomaron el cuerpo y lo escondieron en un negocio: no querían que el cadáver lo tiraran al río Mapocho, como ya se rumoreaba que lo estaban haciendo. Toda la noche los compañeros le hicieron guardia.

Después que terminó el primer toque de queda, pudimos salir a la calle. Por todas partes se veían milicos en tenida de combate y armados hasta los dientes. Al cabo de unos días, los milicos ya habían allanado innumerables casas de los alrededores, así que decidimos deshacernos de libros, revistas y panfletos. Los tuvimos que quedar en la casa de una amiga. Después mi viejo se acordó que en el jardín, entre materiales de construcción había unas cosas como conos, que servían para hacer explosivos muy rudimentarios, que los cabros de la JS tenían allí. Con la misma amiga, y en las bolsas del pan, me fui llevando esas cuestiones hasta el Zanjón de la Aguada. Íbamos tiesas de puro nerviosas. Pasamos frente a los pacos, que por suerte no nos pararon.

Unos amigos del partido les avisaron a mis hermanos que los andaban buscando, así que ellos tenían que intentar fondearse. Deberían asilarse en alguna embajada, los dos tenían sus respectivos contactos. Juan Carlos fue vinculado a un grupo que tenía todo listo pasa entrar a la Embajada de Finlandia. A Alfredo en cambio, estaban intentando asilarlo en la legación de Austria.

Los milicos ya habían ido varias ocasiones a la casa, exigiendo que mis hermanos se presentaran en el Regimiento Tacna. Ya era octubre, y de mis hermanos sabíamos por algún llamado telefónico o por algún amigo o compañero que de repente se quedaba a alojar en nuestra casa. Por acá pasó mucha gente, también fue una forma de contribuir a la resistencia.

A principios de noviembre volvieron los milicos a la casa. Ese día me llamó Juan Carlos, me dijo que estaba bien, que sólo necesitaba un papel firmado por mi papá, para que lo autorizara para salir del país, porque todavía era menor de edad. Me dijo que su equipo tenía todo listo ya, y me preguntó por Alfredo.

Con Alfredo me junté más tarde, fuimos a chequear cómo estaba la cosa en la Embajada de Argentina. Estaba llena de milicos, no había manera de entrar. Después nos fijamos que, por atrás, había una calle chiquita, y que por allí, con suerte, se podría entrar. Nos fuimos a tomar un jugo para pensar cómo lo haría, yo le dije que sólo me iría cuando lo viera en el balcón de la Embajada. Caminamos, nos dimos un abrazo común y silvestre, y de pronto Alfredo comenzó a correr...

Esa noche me reuní con la mamá en casa de una tía, donde nos estábamos quedando por esos días. Me fui a dormir, y tuve un sueño muy extraño, que nunca he olvidado: en él veo un auto que se estaciona frente a mí, después de haber confirmado que Alfredo ya estaba adentro de la embajada de Argentina. Se abre la puerta del auto y veo a mi hermano Carlos, que me pregunta cómo está Alfredo. Le digo que bien, que ya está a salvo, y me dice que bueno, cierra la puerta y se aleja. Y yo le grito: ¡Carlos!, ¡Carlos!

Al día siguiente, gente de Investigaciones llegó a la casa, para decirnos que debíamos ir a la morgue a reconocer el cuerpo de Carlos. Nos estremeció y sorprendió ese aviso: nadie podía creer que le hubiera pasado algo, era el que estaba más seguro, el que tenía más contactos. Esa tarde fui con mi hermana Margott, y nos hicieron pasar a una sala muy fría y blanca, y llena de cadáveres, por todos lados. Nos llevan a los refrigeradores y nos empiezan a mostrar cuerpos: el primero que vimos fue Mario Zamorano, que sabíamos estaba con mi hermano. Nos asustamos y vimos el segundo, era Juan Domingo Arias. Luego vimos a Juan Díaz, el compañero que había venido del sur porque lo estaban buscando, y que se ocultó por unos días en nuestra casa. También vimos al vietnamita, es decir, a todos los amigos del partido que estaban con mi hermano. Pero no había más cuerpos, así que por un segundo pensamos que quizás Carlos se les había escapado.

De pronto, nos dicen que viene otro cuerpo, lo vemos y reconocemos su ropa. Era, sin duda, la de Carlos, venía doblada y encima del cuerpo. Estaba muerto, tenía golpes y balazos, fue terrible. Firmamos los papeles, y no pude dejar de acordarme del sueño que había tenido. Era verdad, Carlos estaba muerto. En su funeral estuvimos rodeados de milicos con metralletas.

Después supimos que los habían encontrado en El Arrayán, con las manos amarradas y un cartel y panfletos que decían “ajusticiados por traición al MIR”. Pero ellos, ellos eran socialistas...

El partido estaba interesado en que se fueran de Chile por un tiempo, y que después volvieran a reintegrarse a la resistencia. Alfredo pudo volver después de largos 13 años de exilio. En Chile tuvimos que aprender a vivir una vida “normal” sin parte de nuestra familia, sin Carlos y nuestros amigos del barrio.

Testimonio de Brígida Merino, ex militante JS, hermana de Juan Carlos Merino